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Contremo

Bueno, este pequeño blog me sirve para publicar pequeños relatillos sin importancia. No los leais, de verdad, que son una tontería

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22.10.09

El timonel

Érase una vez un timonel que fue contratado para llevar un barco. Al principio le pareció que su capitán era un lobo de mar experimentado y curtido en mil batallas contra los elementos y se aprestó a aprender todo cuanto pudiera de él.

Para el primer viaje un millonario alquiló el barco para hacer un recorrido largo y complejo. Había un rumbo más o menos marcado por zonas que a nuestro timonel le parecían un poco arriesgadas y pidió trazar la ruta de nuevo.

"Ve navegando", le dijeron.

El millonario a veces se aparecía y pedía alteraciones, de viva voz, en la ruta. Alteraciones que a veces tenían sentido y a veces eran auténticos disparates.

"Ve navegando", le dijeron.

Una vez, tras un puerto le dijeron que el viaje había terminado. Misión cumplida. Fiesta y champán.

Hasta que después resultó que ese no era el puerto que querían y que todo había sido un error de un empleado del millonario y que había que seguir navegando.

Y las alteraciones en la ruta eran comunicadas oralmente, a veces de forma contradictoria, o a veces garabateadas en una servilleta de una forma bastante incomprensible. Protestó y lo pidió todo por escrito y bien planificado.

"Ve navegando", le dijeron.

Y a seguir órdenes, que para eso era para lo que le pagaban. Aunque fuesen auténticos disparates.

Y siguió pasando el tiempo. El barco empezó a resentirse por tanta navegación a ciegas, sin cartas naúticas ni rumbo fijo, y con el capitán muy ocupado con menesteres más glamourosos.

Y el cliente, en lugar de permitir solucionar los problemas de la ruta empezaba a pedir cosas más bizarras, como pasar entre dos rocas muy juntitas con el barco marcha atrás.

"Ve navegando", le dijeron.

Ya hacía un tiempo que el timón era difícil de manejar por tanto problema de navegación. Pero él seguía al timón. Incluso más tiempo del conveniente.

Y en esto, en un puerto, un capitán de un barco más grande le ofreció su timón.

"No puedo", dijo, "tengo que concluir un viaje".

El nuevo capitán aceptó sus razones y le dejó ir, complacido por la respuesta.

Y en esto el millonario, impaciente por no llegar a donde quería siguió dando instrucciones estúpidas. El capitán comenzó a exigir que fuese a más velocidad de la que daba el barco y que llegase al destino (destino desconocido para el timonel), y le amenazó y le insultó. Después de haberse pasado noches enteras con un café y carámbanos en la nariz mientras trataba de llevar aquella pesadilla de viaje a término le dijeron que le faltaba "implicación". Y además, acababa de decir que no a un barco más grande y más nuevo.

Cuando el nuevo capitán volvió a hablarle, el timonel no se lo pensó: las ratas son las primeras en abandonar el barco, pero los timoneles, cuando se cabrean, son aún más rápidos.

Y es el timonel el que guía el barco. Y es importante tenerlo en cuenta, sobre todo si el capitán sólo sabe agitar los cócteles y animar los bailes.

Epílogo: cuando el barco finalmente se hundió, no se recibió un "SOS". Se recibió un "fue culpa del timonel".

Moraleja: no es lo mismo navegar con rumbo claro y mar espejo, con buenas cartas de navegación, que en un viaje cuyos responsables no planificaron, no estudiaron y que ni siquiera han visto el alcance que iba a tener. Si os veis en una de esas, dejad el barco.

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18.3.08

Administración

Gaudar Nebus era el Primer Consejero del Conde de Atria. Él había sido el más firme defensor de colaborar con el Imperio en la defensa de la más rica de sus provincias.

Desde su punto de vista había muchas razones para correr los riesgos asociados a una operación de tal envergadura, pero lo principal es que Atria necesitaba del Imperio tanto desde el punto de vista comercial, ya que era su principal cliente, como cultural, ya que la Academia se nutría de talentos que iban apareciendo en el continente, como militar, ya que un continente estable significaba que Atria no tenía que preocuparse tanto por esta faceta.

Además representaba una gran oportunidad. El hecho de poder administrar esa provincia podría reportar beneficios importantes al Condado y a su Monopolio Comercial: más suministros, condiciones más ventajosas para hacerse con mercancías que no siempre estaban disponibles y sobre todo, mejorar los obsoletos métodos de cultivo, crianza y minería que se implementaban en la provincia.

Nebus había conseguido autorizar el envío de cincuenta agentes de capacitación para colaborar en la gestión de las comarcas más productivas, y estaba deseando que saliese más gente de la Academia ya que esos cincuenta agentes representaban el 70% de los que tenía... y otro 20% se encontraba en las colonias ultramarinas asesorando a los bárbaros a los que compraba suministros. Cada tres meses había rotaciones para que Atria no se quedase sin unos especialistas de los que dependía de una forma casi absoluta.

Asimismo, Nebus consiguió convencer a unos cuantos ex-alcaldes para que se hicieran cargo del gobierno de algunas de estas zonas sustituyendo a los imperiales que habían tenido que abandonar la provincia.

Ril tenía que ocuparse de muchas cosas, pero él, Nebus, tampoco lo tenía fácil... y lo que es peor, él tenía que hacer todo esto en la distancia

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9.10.07

Preparativos

El Ejército imperial había creado una red de defensas que protegían los pasos del norte. Ril lo sabía y lo primero que había pedido al ser destinado al mando de Cribauna había sido ordenar que las reparasen y que se mejorasen sus defensas. También había ordenado que se mejorasen los caminos que las unían y que los puentes se hiciesen de tal forma que pudiesen ser destruídos rápidamente en caso de que fuera necesario frenar el avance de las hordas de norteños.

Para la reparación de los caminos se había ordenado a los pueblos que los franqueaban que dedicasen una o dos jornadas de trabajo semanales a su reparación, circunstancia que suscitó muchas protestas entre ellos... así que para contentarlos, las mismas tropas que deberían protegerles durante los trabajos de posibles incursiones de bandidos montañeses colaborarían en los trabajos y les ayudarían también en las labores del campo unas cuatro horas al día.

La buena noticia fue cuando los bandidos se comprometieron a no atacar a los trabajadores: al fin y al cabo, las hordas norteñas eran también sus enemigos. A cambio, Ril les ofreció suministros si hacían labores de rastreo y de información, a fin de estar alerta cuando finalmente los norteños llegasen.

El problema es que nadie sabía si llegarían en diez días o en diez años... lo que era seguro es que llegarían. Pero como dice el viejo refrán, "los puentes se cruzan al llegar a ellos"

Otra de las obras que Ril ordenó fue un sistema de mensajería por señales a semejanza (del que existía en la isla de Atria. Para ello estableció una serie de atalayas entre cada uno de los cinco pasos, cada una con un sistema de señales luminosas fácilmente visible desde la siguiente atalaya. Primero empezó con una red básica y en cuanto estuvo terminada, la reforzó teniendo en cuenta las influencias del clima: lluvia, niebla...

Había algunas separadas por decenas de kilómetros, y otras estaban apenas a cinco, y con un
camino excelente entre ellas por si era necesario ir a caballo para entregar el mensaje

Al norte del paso estaba el Reino de Damatia, que había sido fundado por un general díscolo del Imperio al que el Emperador había dado el reino... para quitárselo de encima. De esta manera, el general tenía sus propios problemas, su ambición satisfecha y toda la guerra que necesitaba su violento carácter. Eso había sido doscientos años antes, antes del declive del Imperio y antes de la Horda Blanca.

Ril envió mensajeros al rey para ofrecerle su ayuda en la reparación de algunas defensas y a la hora de implementar algún tipo de estrategia defensiva. Tenía muy claro que si podía parar o, al menos, frenar las incursiones de la Horda en Damatia él tendría una vida mucho más tranquila

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24.9.07

La retirada

Ril observó con cierta aprensión cómo la última columna de soldados imperiales abandonó la fortaleza de Puerto Atria. Durante los últimos 150 años los imperiales y los atrianos habían tenido que convivir.

Recordaba muy bien la historia: cuando Pireas III, el último de los grandes emperadores, reunificó el Imperio lanzó una campaña naval contra el condado de Atria, al que consideraba como una provincia rebelde.

Pero el hecho es que tras treinta años de campañas, la flota imperial no se encontraba en su mejor momento, y muchos de sus soldados se hallaban agotados por mil batallas y realmente no entendían que se lanzase un ataque a un condado insignificante a dos días de navegación mar adentro y que, para más inri, jamás se había declarado en rebeldía contra el Imperio... hasta que el emperador pretendió deponer al conde.

El ataque se produjo y fracasó, ya que los atrianos habían contado con la ayuda de una flota bárbara (el abuelo del joven conde era un corsario ultramarino), y de unas defensas bien planificadas y mejor ejecutadas. Cuando Pireas vio la situación decidió parlamentar y consiguió un arreglo que dejó razonablemente satisfechos a todas las partes: Atria pasaba a ser dominio personal del Emperador, y el conde conservaba su puesto, si bien juraba fidelidad a Pireas y sus sucesores.

Por su parte el Emperador, como gesto de buena voluntad, le permitía la construcción de dos puertos para iniciar una ruta comercial entre los bárbaros ultramarinos y el Imperio, de la que Atria tendría el monopolio: a ojos del Imperio, y al ser Atria dominio imperial, era una forma de que el Emperador financiase sus ejércitos y las obras de reconstrucción sin sangrar tanto a los habitantes de los Siete Reinos, al borde del colapso por los altos impuestos y los desastres de la guerra.

Pero el Emperador duró poco, y su sucesor tuvo que enfrentarse a una rebelión del Consejo y salvó su vida renunciando a ocupar el poder y exiliándose en su dominio personal de Atria, visto por muchos consejeros como una roca batida por los vientos en mitad del Océano y sin un ejército que pudiese plantar cara a las poderosas legiones. Nunca más tendrían nada que temer de la depuesta Casa Imperial.

Pero en los ciento cincuenta años transcurridos muchas cosas habían pasado: desde la caída de la casa imperial los consejeros trataron de usar su poder para favorecer a sus propios negocios, y las rebeliones no tardaron en aflorar. Muchos de los reinos que Pireas había reconquistado pronto se volvieron contra el Imperio: cada gobernador, cada general, intentó obtener una Corona para sí.

Y el continente conoció de nuevo la guerra y el hambre... y Atria, alejada de todo y poseedora de los únicos suministros y de una flota militar importante se mantuvo al margen y prosperó: los condes no veían nada claro en qué les favorecía apoyar a un Consejo que jamás había tenido más intenciones hacia Atria que la de aprovecharse de ellos, cambiando numerosas veces los acuerdos de explotación de Puerto Atria y de Puerto Glasera... llegando al extremo de apoderarse de este último en su fallido intento por establecer una segunda línea comercial con ultramar.

Y el tiempo pasó. Atria fundó un par de colonias ultramarinas y formó un pequeño ejército de doce mil hombres y mujeres para defender sus territorios, lo que frenó la rapacería imperial tras una escaramuza en la que una legión fue diezmada. A partir de entonces se mantuvo una especie de sociedad que con el tiempo derivó en un vínculo de amistad entre los pujantes isleños y los cada vez más decadentes imperiales.

Y llegaron los norteños. La invasión bárbara en el Oriente había consumido los recursos de lo que quedaba del Imperio, y necesitaban a todas las legiones para contenerlos al otro lado de la frontera. Aunque la provincia de Cribauna era la más rica de cuantas poseían no podían permitirse perder las minas de Briar.

Fue entonces cuando el Imperio pidió a Atria que destinase a sus hombres a la protección de Cribauna. Mil soldados imperiales se quedaron como asesores ya que conocían mejor que nadie el estado de las defensas y de las vías de comunicación.

El trato era que Atria destinaría a siete mil de sus soldados durante un período inicial de cinco años a la protección del paso de Bretam, único lugar por el que los bárbaros podrían pasar con garantías, y de otros cinco pasos de montaña secundarios. A cambio el Imperio suministraría metal y madera a Atria, y un décimo de los impuestos, en oro y mercancías, a los Atrianos.

Y él, Ril, había sido designado por el Conde como el custodio de la fortaleza de Puerto Atria. Él, no un militar, sino un antiguo explorador. Desde allí y durante al menos esos cinco años Atria administraría la más rica provincia del Imperio.

Pero él conocía incluso mejor que los vigías fronterizos los pasos de Cribauna, y conocía mejor a sus gentes. Pronto sabrían si de verdad era una buena elección. La apuesta era alta, y tal vez demasiado arriesgada.

Pronto sabrían.

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1.9.07

Brasil

Conocer Brasil siempre fue uno de mis sueños. Siempre he querido experimentar el tremendo mestizaje de su cultura, esa mezcolanza de tradiciones europeas, indígenas y africanas que convierten al país en un mosaico de vivencias que ha excitado siempre mi imaginación.

Tres millones de personas salen a la calle en el carnaval de Bahía, bailando al son de sus "Tríos eléctricos", grandes camiones que portan orquestas que tocan alegres canciones, y muchos más siguen el de Río, el más vistoso y copiado del mundo, por la televisión (aunque aquellos que creen que es un desfile de chicas desnudas, se aburrirían un montón durante las más de quince horas que dura el desfile).

Moviendo a este país hay dos fuerzas poderosas: la Samba, su baile nacional, y el fútbol, con su poderosísima "Seleçao" a la cabeza. Y en ambos casos está presente la gran obsesión de Brasil: El culto a la belleza, a las cosas bonitas, a la vida, en suma. Tanto por la forma en la que bailan, con mujeres bellísimas con movimientos muy sensuales, como por la forma en la que juegan, conocido popularmente como "o jogo bonito".

A Brasil me acompañó una buena amiga, a la que llamaré "Ire", y que también deseaba conocer ese país tan fantástico. Aguantamos pacientemente las muchas horas en avión e hicimos frecuentes paseos por el pasillo, en un intento desesperado por matar el aburrimiento (la lectura en los aviones tiende a ser un tanto tediosa, y la conversación no es demasiado íntima cuando hay tanta gente por los alrededores, y termina por decaer).

Así es que llegamos muertos al hotel. Completamente agotados. Cerramos la puerta de nuestra habitación y abrimos la ventana. Salimos al balcón y relajamos nuestra vista con aquella playa casi vacía, de blanquísima arena y rodeada de palmeras. No era un paisaje tan urbano como nos temíamos, y estábamos contentos por no habernos alojado en la ciudad, si no en aquel pueblecito de pescadores en las afueras.

Ire se dirigió a la ducha, y yo la acompañé. Antes de que llegara a la puerta del baño la agarré de la mano, y la obligué a girarse. Le dí un beso rápido en los labios, y sin decir ni una palabra me abracé a ella. La besé en la frente, y mirándola sonreí. Nuevamente me puse detrás, y comencé a besar su cuello apartando su cabello, negro y suave.

Con mis manos comencé a acariciar su vientre y a hacerle cosquillitas. Mis manos comenzaron luego a subir, sobre la tela, y mi boca avanzó sobre su orejita, cuyo lóbulo mordí con paciencia y con cuidado. Mis manos alcanzaron el pecho y lo masajearon con generosidad, mientras mis dientes acariciaban su cuello.

Me aparté un poco y mi mano derecha apartó uno de los tirantes para que mi boca le siguiera rauda mimando su divino hombro, acariciándolo con mis labios. Luego, en un movimiento relámpago la hice girar hasta enfrentarla a mi, y subí su camiseta hasta tapar con ella su cara, atrapando también sus brazos. Ahora ella estaba a mi merced, y aproveché la circunstancia para besarle los labios a través de la tela primero, y subiéndola un poco más, besarla de una forma más directa.

Ella entendió que no debía bajar los brazos ni apartar la camiseta cuando la dejé libre y comencé a bajar por su tronco hasta llegar a sus soberbios pechos, de grandes aureolas y deliciosos pezones. Comencé a acariciarlos con mimo, y para estar más cómodos la hice sentarse en el suelo, sin dejar en ningún momento de mordisquear, chupetear, masajear, acariciar, sus golosos pechos con mi boca, ávida y ardiente. Me encanta recorrer sus pechos con paciencia, descubrirlos una y otra vez, apreciarlos de la forma en que se merecen, haciéndoles cosquillas con mi barba, con mis dientes y con mi lengua.

Luego la tendí, y continué bajando hasta su ombligo, donde jugué largamente con su piercing, y amagando una penetración con mi lengua y su orificio umbilical, rematando la salida con una espiral sobre su vientre que sabía que le iba a gustar, mientras mis manos acariciaban sus costados y sus caderas.

Desabroché su pantaloncito de verano y tiré de su tanguita hasta dejar su precioso coñito al descubierto, el cual procedí a masturbar con mi lengua y con mis dedos con mucho cariño y mucha picardía, regalandole también unos pellizcos con mis labios y con mis dedos, y unos sopliditos frescos sobre una zona tan tórrida. Lo hice con paciencia, durante mucho rato, hasta que ella alcanzó el primer éxtasis de la tarde. Para despedirme, dibujé sobre sus labios inferiores su nombre con mi lengua, y aporté el jugoso resultado a sus labios superiores, donde ella pudo saborear el resultado de mis atenciones a su hermoso clítoris.

La ayudé a levantarse, y ella me obligó a sentarme sobre la cama, y comenzó a besarme por la espalda, mientras sus manos acariciaban mi vientre y mi torso con expertas atenciones. Luego me dio un masaje realmente estupendo, que necesitaba después de un viaje tan duro. Sentía el sudor sobre mi piel fresco por la brisa que se colaba por la ventana. Definitivamente aquello era el paraíso: una mujer hermosa y ardiente dándome un masaje, mientras la brisa me refresca, y todo ello en una playa brasileña... ¿qué más se puede desear?

Cuando terminó, se puso frente a mi y me besó en los labios, y dejó que su lengua resbalara hacia mi pecho donde su lengua comenzó a juguetear con mis pezones, haciéndome sentir cosas realmente poderosas, mientras sus manos comenzaban a bajarme pantalón y bóxer casi con impaciencia. Ella estaba chupeteandome los pezones, pero al parecer desaba algo más trascendente.

Así que su lengua continuó resbalando sobre mi cuerpo para morderme un costado. Me dolió un poco, y la cogí por el cabello, observando una expresión feroz en su rostro. Estaba siendo paciente, pero no estaba dispuesta a esperar más. Por toda respuesta cogí su mano y comenzé a besar su muñeca y su dorso, alcanzando uno de sus dedos, y mirándola fijamente comencé a chuparlo, como diciéndole que sabía lo que ella quería, pero que debía ser paciente, y dejar la furia para su momento.

Solté su dedo y lo metí en su boquita, y luego con una mano la cogí nuevamente del cabello, y comencé a acariciar su melena, acercando pausadamente su cabeza a mi pene. Al llegar allí ella me regaló una alegre sonrisa, y se quitó el dedo de la boca y comenzó a recorrer el contorno de mi virilidad con él. Luego sujetó con pericia y con suavidad el tallo y su lengua comenzó a mimarme, regalándome rápidos lametones, una serie de succiones tan estupenda que me dejé caer hacia atrás y cerré los ojos, sintiendo como cada caricia suya me traspasaba y me impulsaba a nuevas alturas de placer.

Finalmente no lo pude contener más y fui yo quien alcanzó el éxtasis. Sentí como mi cuerpo se arqueó y en un instante todo el cansancio, todo el agotamiento, toda molestia se desvaneció en la nada, como si jamás hubiera cogido aquel avión. Sentí como si el cielo se abriera ante mis ojos y un ángel me llevara al paraíso. Fue un orgasmo maravilloso, y mi ángel particular recibió un cuantioso botín de maná en recompensa, que le vi saborear con paciencia mientras me sonreía, y con su mano volvía a afilar mi arma. Sus lengua, lasciva, se movía por sus labios intentando buscar alguna gota de mi siembra que hubiera quedado allí perdida. Su sonrisa me delataba que le había encantado su premio.

Sentí como mi pene volvía a su ser progresivamente, y, de repente, una mirada salvaje por parte de Ire me comunicó que el momento de la furia había llegado. Se sentó sobre mí y se ensartó con limpieza y habilidad, y comenzó a cabalgarme con verdadera ansia. Sabía que ella tenía agans, pero no tantas. Creía que mi pene iba a estallar de placer y de dolor, y cada cuanto un movimiento vibrante de sus caderas me hacía soltar un gritito. Sus gemidos inundaban la habitación y su olor embargaba mis sentidos. Me incorporé y mi cara fue abofeteada por sus pechos, en su frenético movimiento, mientras mis manos se aferraron a sus nalgas y comenzaron a palmearlas con poca suavidad. Quería que mi amazona me cabalgara aún con más brío. Quería llegar más lejos que nunca... y llegamos. Fue uno de esos orgasmos inesperados, que llegan cuando aún no sabes cuando te falta... y fue simultáneo. Nos miramos con sorpresa y con placer, en ese instante único en que el tiempo se para, y no son dos personas sino una las que se miran, unidas por la magia del instante, henchidas de un placer sobrecogedor, y con los cuerpos en tensión máxima. Un único grito proferido por dos bocas y todo terminó. Nos dejamos caer abrazados.

Luego preparamos un baño caliente, y nos metimos en la bañera, y allí permanecimos, abrazados y cubiertos por el líquido elemento hasta que el agua se enfrió.

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5.8.07

En Avión

Con lo poco que me gusta tener que viajar, tuve que ir ser contratado por una gran empresa de ámbito internacional. No me voy a quejar, me gusta viajar, pero no que me obliguen a hacerlo. Detesto la comida de aeropuerto.

Tres veces al año tengo que desplazarme al caribe para supervisar los sistemas informáticos que mi empresa vendió a una cadena de hoteles local. No es un trabajo demasiado complicado, pero es tremendamente rutinario y me encantaría poder hacerlo a través de Internet... pero la seguridad es la seguridad.

Moraleja: Si no quieres caldo, siete tazas.

Pero un día pasó algo interesante en uno de estos viajes. Recuerdo que aquel era un invierno particularmente crudo en España, así que iba con cierto ánimo a mi rutinaria supervisión cuatrimestral... además había hecho coincidir mis vacaciones con ese viaje, en parte porque los dueños de la cadena de hoteles (amigos míos) me habían ofrecido alojamiento gratuíto, en parte porque prefiero pasar las vacaciones en invierno en algún lugar cálido. Me gusta el sol, para que voy a negarlo.

Entré en un avión que cubría la ruta entre Madrid y la Ciudad de México, donde debería enlazar a mi destino definitivo, del que no voy a dar más detalles. Alcancé mi asiento, me recliné, abroché el cinturón y me dispuse a dormitar, como siempre hago en los viajes largos (no tiene mucho objeto mirar durante buena parte del viaje para el asiento delantero).

Sentí que alguien se acomodaba en el asiento de al lado, pero como me había tocado ventanilla, no tenía ninguna prisa en averiguar qué clase de persona era... aunque tengo un pequeño pasatiempo, y es tratar de adivinar como es esa persona. Así que me concentré.

Percibí el aroma de su perfume. No soy un entendido en perfumes, pero tengo la impresión de que si el olor es intenso pero no empalaga, es caro... y me parecía un perfume de mujer. Así que supuse que sería una chica coqueta. Las mujeres de más edad no se perfuman tan generosamente, y desde luego no con tanto gusto. Que tenía dinero, sin duda alguna. Un billete transatlántico no es barato. Si era guapa o no, no tenia frma alguna de saberlo, pero dado que no me había golpeado ni una sola vez con un abrigo, decidí que o bien lo llevaba en el brazo, o se lo quitó con mucho cuidado. En cualquier caso, no lo llevaba puesto.

Así que me decidí a abrir los ojos... y los cerré. Lo que había visto no podía ser cierto. Volví a abrirlos con cautela. Pude percibir un vestido blanco, fino y con bastante transparencia, a través del cual podía vislumbrar los pechos de su propietaria... y no eran feos, antes al contrario (y yo que soy un tetómano irredento les aseguro que aquellos eran maravillosos)... además tenía un escote muy generoso, como a mi me gusta. Tardé un buen rato en caer en la cuenta de que no llevaba sujetador, a pesar de lo cual se mantenía firme y perfecto. Como diría mi primo el albañil, unas tetas como Dios manda.

Abrí algo más los ojos. El vestido no llevaba mangas y dejaba ver unos brazos muy bien proporcionados y con un bronceado uniforme y en su punto (no como esos bronceados excesivos que tiende a ponerse la gente). El pantalón era de lino blanco y podía intuir un tanguita blanco muy fino. Estaba claro que era una damita con mucho estilo.

Por fín vi su rostro, enmarcado por una melena de color dorado que la hacía parecer un ángel, con una cara hermosa y bien proporcionada, unos ojazos increíbles, una nariz delicada y unos labios tremendamente apetecibles. Era una mujer muy hermosa y lo sabía. Me incorporé.

-Veo que le ha gustado mi vestido.
-Mucho.- dije medio aturdido por aquella afirmación tan directa.
-Ya suponía que tendría mucho éxito con él,-me dijo, guiñándome pícaramente un ojo.- A propósito, me llamo Tania.
-Yo soy Contremo, encantado.

Comenzamos a hablar, y la conversación fue derivando a temas más interesantes que los habituales comentarios meteorológicos que sirven para llenar las conversaciones con desconocidos. Ella era una mujer vital y le gustaba disfrutar de la vida. Iba a México, pero no tenía un rumbo fijo.

Cuando le hablé de los planes que tenía, me preguntó si había quedado con alguna chica. Le dije que con algunas. Ella me dijo que le gustaría ir a la isla en la que iba a ir a trabajar. Le ofrecí alojamiento en mi habitación, y ella me respondió que eso ya se vería, con una sonrisita torva que me encantó.

De repente su mano se posó en mi pierna y comenzó a subir. Hice un terrible esfuerzo para no sobresaltarme y para lanzarle la más cándida de mis sonrisas, ante lo cual ella se levantó indicándome que la siguiera hasta el baño.

Una vez que entramos en él ella se volvió y comenzó a besarme lentamente en los labios, acariciándolos, y acariciándome los muslos y las nalgas. Comenzó a desabrocharme la camisa mirándome a los ojos, y pronto comenzó a besar mi pecho. Un botón, un beso. Mientras lo hacía yo acariciaba su suave cabello, y notaba como su perfume hacía su efecto y pronto era lo único que podía oler.
Mi camisa terminó colgada en una esquina, y yo me acerqué a ella y le quité el pantalón para que no se mojara, y aproveché para sentarla sobre el lavabo y seguir besándola, al tiempo que acariciaba sus muslos. Llevaba un tanguita de estos llamados "hilo dental", que a mí me volvió loco. Mis manos se multiplicaron por sus costados y comencé a besar su cuello mientras ella se dejaba hacer y me acariciaba la espalda. Un gruñido me indicó que estaba haciendo lo que ella deseaba. Pronto tiré de
su camiseta hacia arriba y aproveché para taparle la cabeza con ella y seguir besándola. Un pequeño jadeo de gusto salió de su hermosa boquita. Terminé de quitarle la camiseta y me aparté, viendo su pecho, que era hermosísimo. Estaba en un avión y había alcanzado el cielo, porque allí tenía a una Diosa.

Me acerqué nuevamente y le quite el tanguita no sin antes acariciar generosamente su firme culito y sus caderas. Besé su firme vientre y seguí hacia su ombligo, donde jugué con su piercing, lo cual le arrancó unas risitas y un par de gemidos de placer. Seguí ascendiendo y pronto sentí sus divinos senos sobre mi cabeza. Ya no podía contenerme por mas tiempo, y comencé a atacar aquellas dos mágicas montañas, y mi lengua empezó a trazar un mapa del paraíso sobre ellas, haciendo círculos, dibujando letras, besando, mordisqueando, lamiendo. Pronto ataqué el fuerte que rodeaba su pezón,una sabrosa aureola que se rindió ante mis caricias. Mimé largamente esta zona, y después procedí a buscar la rendición de Tania con una suave agresión sobre su pezón derecho con mi boca y de su izquierdo gracias a los pellizcos que le estaba obsequiando con mi mano derecha... y ella se rindió. La mano que se había perdido entre sus muslos y que estaba rondando su preciado tesoro fue inundada por una oleada de calor líquido que se extendió por sus piernas.

Me aparté y la contemplé después de correrse. Me miraba cándida y lasciva, para ella acababa de empezar un viaje con destino al paraíso y confiaba en su comandante para llegar. Abrió bien sus piernas y comenzó a masturbarse para mi, mientras pasaba su lengua por sus labios. Cuando se corrió se incorporó y me quitó los pantalones y el boxer, y me pidió que me sentara donde ella había estado antes.

Se acercó a mi más que erecto pene y con un sólo gesto se lo introdujo al completo en su boca, lo cual me sorprendió bastante (17 cms dan para mucho), y luego sus labios hicieron presa y comenzó a subir. El roce me hizo saltar el corazón del pecho. Si algún día tengo que morirme de un infarto sentiré algo muy parecido, estoy seguro. Tuve que morderme el dorso de la mano para no gritar. Esta chica sí que sabía. Luego llegó al capullo y me dibujó una T con su lengua. La marca de la Diosa. Comenzó a descender mordisqueando el pene desde la punta hasta la base, y finalmente comenzó a lamerme los testículos con pasión y con maestría. Cogió la piel entre los dientes y me miró sonriente. Apretó. Casi grito, pero más de la impresión que de la presión, tremendamente placentera, ya que en absoluto llegó a causarme dolor. Era muy experta y muy delicada.
Su mano se acercó a la base del pene y comenzó a acariciarlo mientras con su boca me hacia una felación bestial. Cogí una barrita de regaliz que tenía en mi pantalón y me la introduje en la boca para morderla. Odio el regaliz, pero era mi única salvación si no quería que desviaran el vuelo a algún sitio por razones de seguridad. Mis pulmones estaban al límite y mi corazón yo ya no sabía si funcionaba o si se había parado, y mi mente estaba sobrecargada de placer. Finalmente me corrí en su boca, lo que ella agradeció poniendose delante de mi y tragándose el semen con una mirada de lujuria extrema. Ella era una hembra con ganas de macho, y me había elegido a mi.

Se apartó y me hizo bajar.
-Si me satisfaces, te ganarás mi coñito,- me susurró.- y si satisfaces mi coñito, viajaré contigo.

A continuación me dio una palmada en el culo y un mordisco en la oreja. Se acercó y cogió de mi boca la barra de regaliz y se la metió en la boca. Se dió la vuelta y se apoyó en el lavabo, ofreciéndome su culito.

Me acerqué a ella y comencé a acariciar su culito y su melena. La besé en la nuca y comencé a bajar trazando eses entre sus vértebras hasta llegar a las proximidades de su ano. Me desvié y mordí sus nalgas, ante lo que ella se estremeció. Un dedito mío entró en su ano y comencé a excitarlo con suaves movimientos, y cuando consideré que había dilatado bastante me acerqué y comencé a introducir mi pene. Primero un poco de la puntita, la cual moví a un lado y al otro, ante lo que ella respondió con un jadeo, pero se volvió y me dijo "espera". SE acercó a su bolso y cogió un preservativo, se lo introdujo en la boca, y me lo aplicó maravillosamente. Luego terminó de acomodarlo con sus manos.
Me acerqué nuevamente a su culito y esta vez comencé a deslizarme dentro, lentamente y con mucho cuidado, para que ella sintiera mi verga en toda su extensión. Disfrutó de cada segundo y de cada milímetro. Comencé a mover mis caderas para que ella sintiera en todo el ano mi presencia... y pronto el rítmico movimiento de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro. Ella podía mirar su cara en el espejo y le gustaba lo que veía, dedicándose sonrisas de placer, y poniendo a veces los ojos en blanco. Me encantó follármela de esa forma. Pocas veces disfruté tanto del sexo como con aquella hembra magnífica. Me acerqué y cogí sus pechos con una de mis manos mientras con la otra excitaba su coñito. No sé cuanto pudo durar, pero ella se corrió dos veces durante aquella sodomización, y finalmentee, cuando yo llegué ella se dejó caer sobre el lavabo, exhausta.

-Tu coñito espera.- me dijo. Se acercó, cogió el condón lleno de semen y se lo llevó a la boca, mirándome fijamente.

Yo no sabía que hacer con aquel coñito. Me había ordeñado a conciencia, así que la senté de nuevo sobre el lavabo y comencé a ganar tiempo comiéndome su coñito, que resultó ser muy sabroso, dulce y salado a la vez. Mordisqueé con fervor sus labios y agasajé generosamente su clítoris haciendo que Tania se corriera varias veces. Yo no tenía prisa, el viaje era largo, ella estaba disfrutando y mi pene estaba recuperándose... y Tania estaba encantada. Me decía que era un amante maravilloso, y que estaba pasándolo muy bien y que quería que la follara de una vez. Estaba ansiosa.

Me acerqué y comencé a masturbar su coñito con mis dedos y a comerme sus pechos una vez más, mientras en mis testículos intentaba reunir toda la leche que me quedaba en el cuerpo.

Por fin estuve preparado y me senté en el bidé. Tania se acercó y con una mano cogió mi pene introduciéndome un nuevo preservativo de la misma forma que el primero. Luego dirigió mi espada hacia su interior y excitó su coñito con ella, para al final dejarse caer sobre ella. Luego comenzó a cabalgarme como una amazona experta, mientras sus pechos golpeaban dulcemetne sobre mi cara. Me dejé ir, como un corcel al trote, mientras ella me llevaba hasta los últimos confines del placer. No sé lo que sentí en aquel momento. Casi no lo recuerdo... lo único que recuerdo es que todo me dolía infinitamente pero que no podía parar. Sentía como mis testículos eran suavemetne aplastados por su culito, como su volcánico coñito me escaldaba el pene, como sus grititos ahogados me ensordecían, como su melena desbocada me cegaba, como me pulsaban las sienes, como su perfume y el olor a mujer que desprendía me asfixiaba, y como su sudor me estaba ahogando. No era más que una gota masculina en un océano femenino. Ella lo era todo en ese momento para mí.

Por fin nos corrimos y nos quedamos abrazados. Ella me dio un beso en la cabeza, y yo sentí sus pechos en mi rostro. Nos separamos y nos vestimos. Ella me miró y me dijo: "Quiero el lado derecho de la cama", y me sonrió. Yo me reí. Estaba exhausto y satisfecho.

Cuando salimos del baño nos encontramos con dos azafatas sonrientes y ruborizadas, y como todos los pasajeros nos miraban tratando de disimular la sonrisa. Tania se rió en voz alta, y algunos asistentes también lo hicieron y rompieron a aplaudir espontáneamente. Tania se quitó la camiseta y les mostró los pechos por unos instantes, riéndose a mandíbula batiente. Me abrazó y me dijo:
- El mejor polvo de mi vida.

Besé sus pechos y nos fuimos a nuestro asiento, y dormimos hasta llegar a México. Luego vinieron las mejores vacaciones de mi vida, y al regresar seguimos viéndonos con mucha frecuencia.

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18.6.07

En la sauna

Contenía la respiración cada vez que me acercaba a aquellas escaleras.
Trepaba por ella escalón a escalón maldiciendo mi poco ojo cuando alquilé un cuarto sin ascensor.
Movía mi cabeza de un lado a otro, y cuando llegué delante de mi puerta, tuve que rendirme a la evidencia: estaba bajo de forma.

Y le comenté esto a un buen amigo mío, que, por cierto, es dueño de uno de los gimnasios mas fashion de la ciudad a la que acababa de mudarme tras terminar mi carrera. Me escuchó pacientemente, y al terminar me dijo:
- ¿Por qué no te vienes a mi gimnasio? Llevo días insistiendo.
- Sabes perfectamente que no puedo permitirme tu tarifa.- le dije.
- ¡Bah! Es MI gimnasio... y si te digo que vengas, no te voy a cobrar... ya me harás algún favorcillo: una página web, me asesoras en la compra de algún equipo y en paz.
- Pero además termino de trabajar tarde, y desde la oficina al gimnasio hay mucha distancia... nunca llegaría a tiempo.
- ¿Llegas antes de las doce?
- Hombre, pues si.
- Pues quédate después de la hora de cierre. No me importa.
- Pero... eso es mucha confianza.
- Si, pero además tampoco estarás solo. Es la hora a la que va una chica, a la que tampoco le cobro... es una buena amiga, y le debo un par de favores... me presentó a un par de personas para trabajar aquí ¿Qué me dices?
- Siendo así... creo que no tengo ninguna otra excusa.
- Excelente... te prepararé una tabla de ejercicios.

Mi amigo me entregó al día siguiente la tabla al llegar al gimnasio, y luego me señaló a una chica... simplemente preciosa. Era N, la chica de la que me había hablado. Eso si, mi amigo me advirtió que ella iba tan tarde para evitar a todos los moscardones de gimnasio... así que no esperaba conversación con
ella.

Hice mi tabla de ejercicios con rigor (con todo el rigor que se puede cuando tienes la peor forma del mundo), y sin molestar a la chica... con ese distanciamiento y esa falta de iniciativa típicos de quien se sabe poco atractivo. No nos dirigimos la palabra, ni se cruzaron nuestras miradas. Simplemente coexistimos.

N se fue un poco antes que yo a los vestuarios, y esperaba que no se fuera antes de tiempo, porque yo no tenía llaves del sitio, aunque sospechaba que mi amigo la había advertido de ello... aunque siempre cabía la posibilidad de que se le hubiera pasado (cosa no tan extraña, por otra parte).

Finalmente terminé y me dirigí hacia el vestuario, donde encontré una nota de ella que decía: "Si quieres entra en la sauna. No me iré antes que tu"... y yo necesitaba desesperadamente ir a la sauna.

Así que allí fui, toallita en ristre, y como suele pasar con esos letreros tan fashion, me confundí de sauna y me metí en la femenina... y allí estaba ella, que me miró sorprendida, embutida en su toalla.

Yo no reaccioné y me quedé petrificado.

- Pasa, anda, que se va todo el vapor.

Obedecí, sin saber muy bien qué hacer. Finalmente mi voz regresó y dije.

- Lo siento... creo que no leí bien los carteles.
- Si, bueno, no lo sé.- dijo ella, clavando la vista en el suelo.- Yo no he aprendido a hacerlo todavía.- dicho esto, nos reímos.
- Hola, soy Contremo.- le dije.
- Yo N.
- Estos carteles postmodernos... en fin.
- Si... me temo que no sé cual de los dos se ha equivocado de sauna.
- Yo tampoco, asentí.

Entonces, el silencio regresó, y los dos nos miramos sin saber qué decir. Finalmente tomé la iniciativa.

- Esta es la parte en la que yo debería decir "¿a qué te dedicas?" o algo así, pero me temo que ya lo sé. Me hablaron mucho de ti.
- A mi me pasa igual.- volvimos a reírnos.
- También podría decirte "¡qué bien te sienta eso!", o "¡qué elegante estás!"... pero tampoco podemos hablar de moda.

Ella me devolvió una mirada muy luminosa y su mirada, antes fría y hostil era ahora muy agradable, adornada por aquella increíble sonrisa. Comenzamos a hablar de otras cosas... que como habíamos conocido a nuestro anfitrión, y ese tipo de cosas.
En un momento dado de la conversación, ella dejó caer su toalla, dejando al descubierto sus pechos, delicados, suaves, indudablemente bellos. A mi mirada de extrañeza respondió con un:

- En la playa hago topless... así que no has visto nada que no se haya visto antes.
- Ciertamente.- dije yo, sin añadir nada más sobre el tema.

Seguimos hablando un rato más, y de sopetón, me dijo:

- Oye, ¿puedo hacerte una pregunta personal?
- Claro.
- ¿Eres gay?
- ¿Cómo dices?
- ¿Que si lo eres?
- ¿Gay? ¡Noooo!
- Es que antes en la sala de ejercicios ni me mirabas, ni parecías interesado por mi... y ahora estoy así, y no parece importarte.
- Bueno, yo soy hetero... muy hetero, de hecho... nuestro amigo común ya me había advertido lo de los moscardones... imagino que para que yo no te molestara, así que fui un buen chico, y me mantuve calladito.
- ¿Y lo de ahora?
- Si fueras capaz de leer los pensamientos, hace rato que me habrías partido la cara.- le dije, con una sonrisa muy abierta.
- ¿Y cómo es que no se te nota?
- ¡Vaya!¡Yo creía que se notaba!
- Y esos pensamientos tuyos... ¿qué pensabas hacerme?
- Jejejej... ni loquito te lo cuento.
- Si quieres te cuento yo los míos.-Creo que en ese momento fui la viva imagen de la estupidez.

Ella se acercó a mi, con un par de movimientos felinos, y comenzó a acariciarme el pecho. Luego puso una pierna a cada lado de mi cuerpo, quedándose de rodillas sobre el asiento, con mis piernas entre las suyas, con su cara frente a la mía, lanzándome una mirada volcánica.

- ¿Qué te parecen mis pensamientos?
- No soy telépata, pero intuyo que no tienen nada que ver con partirme la cara.
- Bueno, depende de como se presente la noche.


Me regaló un mordisquito en la nariz, y a continuación su lengua comenzó a ascender por todo mi apéndice nasal hasta mi frente. Sus manos acariciaban mi cabello, y las mías se asieron a sus caderas.

- Me gusta tu pelo... es fuerte, duro, pero al mismo tiempo suave... espero que haya más cosas como tu pelo.- me dijo, como ausente.

Apoyó su frente en la mía, y su boca buscó a la mía. Nuestros labios se encontraron muchas veces, en besitos cortos, dulces, suaves, que acentuaban el placer del roce de nuestros labios, del encuentro y desencuentro de nuestras lenguas.

Mis manos acariciaron su espalda desnuda, recreándome en su suavidad, en la elástica textura de sus músculos. Aquel era un cuerpo cuidado con esmero, el cuerpo de una bailarina, y yo deseaba que bailara para mi, y que su música hiciera vibrar a mi alma.

Me abrazó con fuerza, y comenzó a recorrer mi espalda con sus dedos, ágiles, suaves, juguetones, cariñosos, mientras nuestras pieles, húmedas y resbaladizas por el vapor de la sauna se deslizaban la una sobre la otra, y eso hacía que me sintiera como si me estuviera disolviendo en ella, como si nuestros cuerpos entraran en una sintonía absoluta.

Entonces fue cuando se separó, me miró de una forma salvaje, y volvió a besarme en la boca. Mordisqueó mi barbilla. Me besó en el cuello. Lamió mi pecho. Serpenteó por mi vientre, y finalmente, su boca atrapó a mi pene, y comenzó a acariciarlo con verdadera devoción. Ella sabía como tratarlo, lo noté enseguida, y lo seguí notando. Su lengua era como una amazona guiando a un corcel brioso... ahora lo estimulaba y lo lanzaba al galope... ahora lo apaciguaba... sabiendo en cada momento qué ritmo darle a la bestia.

No sé cuanto tardé, pero a mi me pareció eternidad y media. Mis sentidos estaban anulados por la maestría con la que me había atrapado. Sentía su lengua por todo mi pene, y por mis testículos. Sentía su cabello bañando mis muslos, y sus manos acariciando mis caderas... y sentía que no podía respirar.

Finalmente llegué, cuando ella lo deseó, y sentí como vaciaba mi ser en su boca. Cómo la presión que atenazaba todo mi cuerpo se iba, y este se relajaba de forma absoluta en cuestión de segundos. Sentí como la vida me dejaba, y como la cabeza de mi cadáver impactaba contra la madera que revestía la sauna. El calor ya no importaba. Un gemido fue todo cuanto tuve que decir... todo cuanto pude decir.

Me levanté, y la vi a ella de pie. Me dio la espalda, y yo la así por los hombros. Le di un suave mordisquito en cada uno de ellos, y me concentré en su orejita, que me comí con paciencia y cariño, mientras una de mis manos acariciaba su vientre, y le decía lo bonita que era al oido; lo mucho que me gustaba su mirada, magnética, misteriosa, juguetona; lo mucho que me gustaba su cabello, suave y bien perfumado; lo mucho que me gustaba su piel, cálida y suave.

La puse de rodillas en el suelo, y comencé a besar su cuello, y mi lengua comenzó a bajar, trazando un eslálom entre sus vértebras, y mis manos disfrutaban de su espléndida figura.

Cuando llegué a la base de su espalda, comencé a mordisquear su costado, y levanté uno de sus brazos, el cual fui besando cuidadosamente, hasta ponerme en pie, y llegar a su muñeca. Le di un mordisquito ahí, y me senté, trayendo conmigo su mano.

Me llevé el dorso a la boca, y mirándola muy fijamente comencé a besarlo, y dejando que su mano se fuera lentamente de la mía, acerqué mi lengua a sus dedos, momento en el cual la retuve, y comencé a lamer todos sus dedos uno por uno.

Ella pareció muy complacida, y llevó su mano al canalillo, lugar donde me olvidé por completo de la mano, y que comencé a explorar con prontitud con mi boca. Así, rodeé sus preciosas montañitas, y luego inicié una lenta ascensión por todas sus vertientes, mordisqueando, lamiendo, besando, mientras mi otra mano acariciaba su espalda y su costado.

Por fin llegué a la cumbre y me di un festín comiendo hasta empacharme de su fabuloso pezón, juguetón, sensible... podía sentir los espasmos que recorrían su cuerpo cada vez que mi lengua o mi piel la tocaban. Comencé a saltar de un pecho a otro sin ninguna clase de aviso, y en un momento de inspiración, busqué su mirada, y pude verla, complacida y sonriente por mis atenciones.

Seguí bajando, y me acerqué a su precioso ombliguito, el cual rodeé varias veces, deslizándome por aquella pendiente húmeda hacia humedades aún más placenteras.

Humedades que alcancé y en las cuales me detuve durante varios minutos. Sorbí, soplé, comí, besé. Escribí su nombre sobre su coñito, y con cada letra el flujo de humedad aumentaba más y más, hasta inundar mi rostro. Me sentía completamente empapado de ella, y cuando creí que aquello no podía ir a más, llegó al orgasmo... y llegó a lo grande. Fue un éxtasis glorioso que me sepultó bajo toneladas de sus fluidos. Me levanté, y ella me miró a los ojos.

- Gracias,- me dijo. Se dio la vuelta, y se tumbó, invitándome a entrar en ella.

Y la tomé. Abracé la causa y me lancé al asalto. Me introduje en ella con fuerza, y tras un rato de embestir, me detuve, y me dediqué a excitar el exterior con leves toques, apenas de la puntita de mi miembro.

Ella, enloquecida por el inesperado giro de los acontecimientos comenzó a suplicarme que volviera a introducirme en su cuerpo, y yo fui paciente, y empecé a entrar en ella poco a poco... casi milímetro a milímetro.

Cuando fue consciente de que estaba lo suficientemente dentro de ella, de un brinco me tumbó a mi de espaldas y comenzó a cabalgarme con verdadero furor. Nuestros gritos inundaron la estancia, y nuestros sudores de la sauna se mezclaron con nuevos sudores provocados por la intensidad del momento. Me cabalgó como ninguna mujer había hecho antes. Con fuerza. Con precisión. Con audacia. Con pasión.

Una pasión salvaje, arrebatadora. Mis manos se clavaron en sus nalgas. Una pasión que hacía que tu sangre pareciera lava, que el simple hecho de respirar te provocara quemaduras. Sus manos se aferraron a mis hombros. Una pasión ciega, brutal, animal, irracional. Mi cabeza se echó hacia atrás. Una de esas pasiones que hacen que vivir sea algo más, que sea algo único, vibrante. Su cabeza s echó hacia adelante.

Gritamos.

Jadeamos.

Me sabía dentro de ella. Se sabía dueña de la situación.

No sabíamos nada más.

Cabalgamos.

Cabalgamos.

Dejamos de sentir. Llegamos a ese punto de no retorno. Ese breve lapso de semiinconsciencia. De paz absoluta. De felicidad sin límites. Cuando tus ojos se quedan en blanco y tu mente se borra. Cuando notas que el calor es tan intenso que dejas de sentirlo.

Mi espalda se arqueó. Su espalda se arqueó. Y gritamos como animales salvajes. Ella sintió como mi lava se derramaba por su interior. Yo sentí que todo mi ser dejaba mi cuerpo.

Nos dejamos caer, abrazados, felices.

- ¿Qué te parece esta tabla de ejercicios para mañana?- me dijo.
- Creo que es mejor que la de nuestro amigo.- respondí. Nos reimos.

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29.3.07

La Webcam

Con las nuevas tecnologías pasa lo que pasa: que los técnicos los crean con un propósito, y los publicistas le encuentran otros usos menos trascendentes.

Tremendos avances científicos y técnicos como la aviación, el paracaidismo, la informática, el automovilismo, etc han sido luego empleados para la diversión más frívola por millones de entusiastas consumidores ávidos de sensaciones.

Mostrarse ante desconocidos es la última de estas modas, gracias a estos aparatitos que se llamaron webcams y cuyo uso original era el de poder realizar videoconferencias y superar asi al vetusto teléfono.

C y S eran dos jóvenes que se conocieron un buen día por el chat. Ambos eran usuarios de canales de sexo... como llegaron allí es otra historia, y son ellos quienes debieran contarla. Hablando pronto descubrieron ciertas afinidades, como el gusto por fantasear, e inventar las más excitantes fantasías eróticas.

Un buen día decidieron fantasear, pero uno de ellos se fijó en la cámara y dijo a su compañera.

- ¿Y si las usamos? Yo describo lo que quiero que hagas.... y tú lo haces. Y yo haré lo que tu digas.

Ella aceptó. Conectaron las cámaras y ambos se vieron las caras.

- Muy bien, si yo estuviera ahí, comenzaría a acariciar tu cabello, muy suavemente.- Ella comenzó a hacerlo.- Ahora tiraría de tus tirantes, y dejaría caer tu camiseta.
Ella comenzo a acariciarse los hombros, níveos y suaves, y comenzo a tirar de los tirantes. Su piel comenzó poco a poco a quedar al descubierto, y él sentía como su corazón se aceleraba y como su pene comenzaba a ganar en volumen.

- Me gustaria ver tu vientre y acariciarlo.- dijo ella, y él se incorporó y comenzo a levantarse la camiseta, dejando al descubierto su moreno abdomen.- Ahora quítate la camiseta.- Él accedió mostrándole a ella su torso.- mmmmm como me gustaría acariciar tus pezones. Quiero que te los acaricies, y quiero que me mires mientras lo haces.

Él comenzó a acariciarse mientras ella inició un sensual baile frente a la cámara. Él pudo ver como su perfecta geografía, con una serie de movimientos muy suaves y sugerentes llenaba su pantalla. Vio como la camiseta de su interlocutora continuó bajando y pronto sus pechos quedaron al descubierto, pero ella se apresuró a ocultarlos. Él siguio acariciándose los pezones y el pecho, y disimuladamente se frotaba contra una silla el pene, cad Ela vez más voluminoso.

Ella se dio la vuelta y comenzo a mover su trasero, aún cubierto frente a su cámara. Quería excitar a aquel hombre, aquel desconocido. Se sentía muy deseada, la mujer más deseada del mundo y era una sensación gloriosa. Sabía que en aquel momento era el centro del universo de aquel hombre, el objeto de sus deseos, la musa de sus sueños.
Él sentía su respiración cada vez más agitada y deseaba ver su pecho, apenas entrevisto. Ella comenzó a jugar con su cabello, tal como Gilda. Él quería que ella se diera la vuelta, pero S tenía otros planes.

-Date la vuelta, C. Déjame ver tu espalda.

Él obedeció, dejándole ver a ella una espalda morena por el sol, no demasiado musculada pero indiscutiblemente en buena forma.

- Muévete.

Él comenzó a bailar con cierta torpeza. Sin duda el baile no era una de sus aptitudes, pero incluso esta torpeza a ella le excitaba. Podía imaginarse sentada sobre ella, besándola, manejándola a su gusto. De repente se fijó en su trasero y se vio mordiéndolo.

-Quiero ver tu culo.

El comenzó a bajar su bañador poco a poco, y ella, que se estaba acariciando suavmetne el vientre y los pezones pudo ver un culo masculino, no demasiado peludo, moreno y sin marcas, y muy bonito. Era bastante mejor de lo que se había imaginado. Incluso podía adivinar la silueta de los testículos. Él se puso detrás de la silla de forma que el respaldo tapó sus genitales.

-Ahora quiero que bailes para mi. Quiero ver tu pecho.

Ella accedió y comenzó a bailar otra vez, como una gatita en celo, mostrando sus pechos al desconocido sin ningún pudor, sintiéndose orgullosa porque los sabía hermosos. Unos pechos blanquitos, unas tetas de leche que sin duda estarían haciendo su efecto en su amigo... así que lanzó un par de miradas volcánicas a la cámara y pasó su lengua por delante del objetivo, como si diera un lametón a un helado.

Al ver eso, él sintió como su corazón se paraba, y apartó la silla para que su compañera lo viera. Ahí estaba su pene erecto en toda su longitud, un pene de un tamaño superior a la media, grande, hermoso y apetecible. Ella deseaba comérselo, pero él vivía muy lejos. Podía ver como él lo acariciaba con ternura, deseando que ella lo tocara.

Ella se bajó el tanguita girando sobre si misma para que él pudiera ver su bello y también su fabuloso trasero. Finalmente arrojó la prenda con un ademán fuera de la vista de él. Se acercó a la cama que tenía detrás, y procedió a masturbarse, imaginando que aquel macho estaba con ella y la saciaba. Imaginó como sus manos acariciaban sus pechos, como su pene se introducía en su coñito, cómo su clítoris era excitado, como su boca era besada apasionadamente. Se masturbó una y otra vez imaginando todo esto y mucho más, porque también imaginó como retribuía los favores de aquel hombre, y metiéndose un dedo en la boca imaginó que era otra cosa lo que succionaba y mordisqueaba con fervor. Sintió como su cuerpo se arqueaba y su musculatura se tensaba al alcanzar el orgasmo. Luego un dulce instante de abandono, para a continuación dejarse caer sobre la cama.

Instintivamente dirigió su mirada hacia la pantalla y vio que su compañero tenía una expresión beatífica y le susurraba una única palabra: Gracias.

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17.2.07

"¡¡¿Qué se ha follado a quién?!!

Nuevo avión, nueva ciudad.

Dejamos Veracruz para tomar rumbo a Cancún, dónde íbamos a hacer un concierto de estos a los que sólo van turistas y muy poca población local. Cómo algunos en Mallorca, vaya.

Cancún nos recibió con una bofetada de calor y alguna gente en el aeropuerto que no dejaban de dar vivas a Raquelerre, pero afortunadamente eso no nos retrasó demasiado y pronto estuvimos en el hotel.

Como de costumbre, mi compañera y yo compartíamos una habitación italiana con Raquelerre, a la que seguía sin gustarle la situación, pero, al menos, ya no protestaba. Por alguna razón había dejado de hacerme la vida imposible y yo vivía más tranquilito.

Por la mañana me despertó un grito estentóreo procedente del representante de mi bienamada protegida: ""¡¡¿Qué se ha follado a quién?!!", seguido de una apertura de puerta y de un aporreo en la mía. Salí de cama con cara de mala hostia y al abrir la puerta me encuentro con una foto mía y de la chica de Veracruz en primera página.

¿Sabéis cuándo os despertáis y el cerebro no procesa adecuadamente toda la información? Pues eso es lo que me pasaba en ese momento: que mi cabecita alcanzara a entender qué hacía mi foto con la mano dentro del escote de aquella chica era trabajo suficiente como para que supiese que me estaban gritando cosas bastante desagradables, pero no las entendiese... y tampoco para conseguir sacar partido del tremendo titular: "¿Nuevo amor para Lara Vallejo?"

Y de repente ocurre como un "click" en tu cabeza y todo cobra sentido... ¿la chica de Veracruz era Lara Vallejo? ¡¡Joder!! había pasado una noche de sexo con la top-model hispana más cotizada. Arrebaté el periódico de las manos de Castillo y le cerré la puerta en las narices (y le dí) y me senté en cama de Sheila, a la que saqué de entre las sábanas diciéndole:

- ¡¡Mira esto!!

Sheila empezó a leer y primero no entendía... luego comprendía, y finalmente exclamaba:

- ¡Fódase! ¿Vôce transou com esta gata? ¡¡Si vuelves a verla avísame!! Cómo me gusta esta chica. ¿Cómo hiciste?
-Insulté a una amiga suya. Le llamé de todo. Así que le caí bien... bastante bien, vaya.- Sheila me miraba con esos ojillos suyos.- ¡Yo que sé! Ni siquiera sabía que era ella.
- Si no fuera por la foto no te creía. Pero que me digas que no la reconociste es para matarte. ¿Habías fumado algo? ¿Bebido? ¿Drogado?
- Nada de eso. Tenía que vigilar a la niña.

Y justo entonces la niña apareció.

- ¿Qué pasa? - Sheila le tendió el periódico y Raquelerre me miró como a un marciano:
- ¿Tú has follado con Lara Vallejo? ¡¡¿Pero cómo?!!.- En ese momento me pasaron por la cabeza todas las formas en que la había follado, pero consideré oportuno no decir nada.
- Ya ves. Igual ella era la que iba puesta de algo, aunque tampoco lo noté.
- Cómo que no bebe ni se droga. Yo me voy a la cama. Esto tiene que ser un sueño chungo- Y Raquelerre se fue.

Entonces asomó Macarrón por la puerta y me dijo:

- De Pablo quiere verte ahora mismo.... ¡machote!- y se fue escojonándose, tan incrédulo como los demás


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8.2.07

Modelos

A veces tras los conciertos se montan unas fiestas de aúpa, dónde se junta lo más granado de la intelectualidad local.

Digo granado porque es como si en el interior de sus cráneos alguien hubiese soltado una granada y se hubiesen quedado así de lelos, porque hay que ver a alguno de los asistentes. Si creéis que Nacho De las Huertas es idiota os quedáis cortos. Es mucho más que eso.

También suelen acercarse bastantes modelos y groupies, a ver si cazan a alguno de los granados intelectuales a los que antes me refería... y tampoco es que su coeficiente intelectual suela expresarse con más de dos dígitos (salvo si se escribe en binario).

La verdad es que la fiesta del concierto de Veracruz dio mucho de sí. Ya había contado mi pequeño rifirrafe con ese orondo papanatas que se anuncia como FatMike... pero es que luego llegaron las modelos.

Resulta que una agencia de modelos de cierto renombre que no voy a nombrar llevó a varias de sus chicas de diversas nacionalidades a la fiesta porque al parecer había rumores (falsos) de que MacTiger, de los Sonic Hurricanes (vaya nombre estúpido) iba a pasarse porque estaba de vacaciones en la ciudad.

Y claro, allí estaban aquellas muñequitas intrascendentes absolutamente perdidas, en busca de una presa que posiblemente se estaría dedicando a cosas más interesantes que estar en una fiesta de una diva de la canción latina.

En un momento determinado me acerqué a una de ellas para saber si había visto a Raquelerre, que me había dado esquinazo con bastante habilidad. A mi pregunta respondió, mirándome con cara de asco y de arriba a abajo.

- Tío, tú no tienes categoría para hablar conmigo. Piérdete.

Y claro, este es el momento en que empiezo a notar el hervor de la sangre y le espetó.

- Cierto, normalmente no me rebajo a hablar con un montón de silicona adornado con un cerebro de membrillo, pero ya ves: necesito encontrar a Raquelerre y hago una excepción.

Ella se quedó en estado de shock. ¡Nadie habla así a una supermodelo!

- ¿Pero quién te crees? Feo, mal vestido... Raquelerre te dirá lo mismo que yo. Seguro que no quiere verte. A mí ya me estás sobrando.

- Mira tía. Feo ya sé que soy, pero lo mío es natural y no la chapuza de un cirujano... porque esas tetas que tienes dan bastante grima. En cuanto a lo de mal vestido... je... como siempre va a hablar la más indicada. Y en cuanto a Raquelerre, estoy a cargo de ella y me la sopla si quiere o no quiere verme. Así que seguiré buscando en lugar de perder más tiempo hablando con los floreros.

Y dicho esto, me fui.

Y me cogieron del brazo. Me giré con cara de mala hostia y vi a una morenita preciosa. Sin darme tiempo a nada me besó con fuerza y me dijo.

- Gracias.
- ???
- No sabes la manía que le tengo a esa tía. Se cree una diosa, pero estoy absolutamente de acuerdo contigo
- Vaya, gracias.- dije yo, con cara de póker.
- Raquelerre está con su mánager... ehh.. allí.

Efectivamente, mi pequeña protegida estaba bien custodiada por el cabrón que la exprimía. En ese momento, él me miró y me hizo señas de que me fuese a dormir.

- Supongo que eso significa que estas libre el resto de la noche.
- Supongo.- dije con cara de alivio.
- ¿Te importa que te haga compañía?- me dijo.- No soporto estar en compañía de tías que sólo saben hablar de ropa de marca y pintalabios caros, ni de tíos que le hablan a mi escote y sólo quieren meterse conmigo a la cama.
- Bueno, trataré de no hablarle a tu escote.- le dije.- En cuanto a lo otro, como ves me han mandado a la cama... así que trataré de convencerte de que me hagas compañía en ella, si no te importa.- le dije, medio en serio, medio en broma.
- Siempre es divertido que intenten convencerte.

Tres horas después, la había convencido.

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