Contenía la respiración cada vez que me acercaba a aquellas escaleras.
Trepaba por ella escalón a escalón maldiciendo mi poco ojo cuando alquilé un cuarto sin ascensor.
Movía mi cabeza de un lado a otro, y cuando llegué delante de mi puerta, tuve que rendirme a la evidencia: estaba bajo de forma.
Y le comenté esto a un buen amigo mío, que, por cierto, es dueño de uno de los gimnasios mas fashion de la ciudad a la que acababa de mudarme tras terminar mi carrera. Me escuchó pacientemente, y al terminar me dijo:
- ¿Por qué no te vienes a mi gimnasio? Llevo días insistiendo.
- Sabes perfectamente que no puedo permitirme tu tarifa.- le dije.
- ¡Bah! Es MI gimnasio... y si te digo que vengas, no te voy a cobrar... ya me harás algún favorcillo: una página web, me asesoras en la compra de algún equipo y en paz.
- Pero además termino de trabajar tarde, y desde la oficina al gimnasio hay mucha distancia... nunca llegaría a tiempo.
- ¿Llegas antes de las doce?
- Hombre, pues si.
- Pues quédate después de la hora de cierre. No me importa.
- Pero... eso es mucha confianza.
- Si, pero además tampoco estarás solo. Es la hora a la que va una chica, a la que tampoco le cobro... es una buena amiga, y le debo un par de favores... me presentó a un par de personas para trabajar aquí ¿Qué me dices?
- Siendo así... creo que no tengo ninguna otra excusa.
- Excelente... te prepararé una tabla de ejercicios.
Mi amigo me entregó al día siguiente la tabla al llegar al gimnasio, y luego me señaló a una chica... simplemente preciosa. Era N, la chica de la que me había hablado. Eso si, mi amigo me advirtió que ella iba tan tarde para evitar a todos los moscardones de gimnasio... así que no esperaba conversación con
ella.
Hice mi tabla de ejercicios con rigor (con todo el rigor que se puede cuando tienes la peor forma del mundo), y sin molestar a la chica... con ese distanciamiento y esa falta de iniciativa típicos de quien se sabe poco atractivo. No nos dirigimos la palabra, ni se cruzaron nuestras miradas. Simplemente coexistimos.
N se fue un poco antes que yo a los vestuarios, y esperaba que no se fuera antes de tiempo, porque yo no tenía llaves del sitio, aunque sospechaba que mi amigo la había advertido de ello... aunque siempre cabía la posibilidad de que se le hubiera pasado (cosa no tan extraña, por otra parte).
Finalmente terminé y me dirigí hacia el vestuario, donde encontré una nota de ella que decía: "Si quieres entra en la sauna. No me iré antes que tu"... y yo necesitaba desesperadamente ir a la sauna.
Así que allí fui, toallita en ristre, y como suele pasar con esos letreros tan fashion, me confundí de sauna y me metí en la femenina... y allí estaba ella, que me miró sorprendida, embutida en su toalla.
Yo no reaccioné y me quedé petrificado.
- Pasa, anda, que se va todo el vapor.
Obedecí, sin saber muy bien qué hacer. Finalmente mi voz regresó y dije.
- Lo siento... creo que no leí bien los carteles.
- Si, bueno, no lo sé.- dijo ella, clavando la vista en el suelo.- Yo no he aprendido a hacerlo todavía.- dicho esto, nos reímos.
- Hola, soy Contremo.- le dije.
- Yo N.
- Estos carteles postmodernos... en fin.
- Si... me temo que no sé cual de los dos se ha equivocado de sauna.
- Yo tampoco, asentí.
Entonces, el silencio regresó, y los dos nos miramos sin saber qué decir. Finalmente tomé la iniciativa.
- Esta es la parte en la que yo debería decir "¿a qué te dedicas?" o algo así, pero me temo que ya lo sé. Me hablaron mucho de ti.
- A mi me pasa igual.- volvimos a reírnos.
- También podría decirte "¡qué bien te sienta eso!", o "¡qué elegante estás!"... pero tampoco podemos hablar de moda.
Ella me devolvió una mirada muy luminosa y su mirada, antes fría y hostil era ahora muy agradable, adornada por aquella increíble sonrisa. Comenzamos a hablar de otras cosas... que como habíamos conocido a nuestro anfitrión, y ese tipo de cosas.
En un momento dado de la conversación, ella dejó caer su toalla, dejando al descubierto sus pechos, delicados, suaves, indudablemente bellos. A mi mirada de extrañeza respondió con un:
- En la playa hago topless... así que no has visto nada que no se haya visto antes.
- Ciertamente.- dije yo, sin añadir nada más sobre el tema.
Seguimos hablando un rato más, y de sopetón, me dijo:
- Oye, ¿puedo hacerte una pregunta personal?
- Claro.
- ¿Eres gay?
- ¿Cómo dices?
- ¿Que si lo eres?
- ¿Gay? ¡Noooo!
- Es que antes en la sala de ejercicios ni me mirabas, ni parecías interesado por mi... y ahora estoy así, y no parece importarte.
- Bueno, yo soy hetero... muy hetero, de hecho... nuestro amigo común ya me había advertido lo de los moscardones... imagino que para que yo no te molestara, así que fui un buen chico, y me mantuve calladito.
- ¿Y lo de ahora?
- Si fueras capaz de leer los pensamientos, hace rato que me habrías partido la cara.- le dije, con una sonrisa muy abierta.
- ¿Y cómo es que no se te nota?
- ¡Vaya!¡Yo creía que se notaba!
- Y esos pensamientos tuyos... ¿qué pensabas hacerme?
- Jejejej... ni loquito te lo cuento.
- Si quieres te cuento yo los míos.-Creo que en ese momento fui la viva imagen de la estupidez.
Ella se acercó a mi, con un par de movimientos felinos, y comenzó a acariciarme el pecho. Luego puso una pierna a cada lado de mi cuerpo, quedándose de rodillas sobre el asiento, con mis piernas entre las suyas, con su cara frente a la mía, lanzándome una mirada volcánica.
- ¿Qué te parecen mis pensamientos?
- No soy telépata, pero intuyo que no tienen nada que ver con partirme la cara.
- Bueno, depende de como se presente la noche.
Me regaló un mordisquito en la nariz, y a continuación su lengua comenzó a ascender por todo mi apéndice nasal hasta mi frente. Sus manos acariciaban mi cabello, y las mías se asieron a sus caderas.
- Me gusta tu pelo... es fuerte, duro, pero al mismo tiempo suave... espero que haya más cosas como tu pelo.- me dijo, como ausente.
Apoyó su frente en la mía, y su boca buscó a la mía. Nuestros labios se encontraron muchas veces, en besitos cortos, dulces, suaves, que acentuaban el placer del roce de nuestros labios, del encuentro y desencuentro de nuestras lenguas.
Mis manos acariciaron su espalda desnuda, recreándome en su suavidad, en la elástica textura de sus músculos. Aquel era un cuerpo cuidado con esmero, el cuerpo de una bailarina, y yo deseaba que bailara para mi, y que su música hiciera vibrar a mi alma.
Me abrazó con fuerza, y comenzó a recorrer mi espalda con sus dedos, ágiles, suaves, juguetones, cariñosos, mientras nuestras pieles, húmedas y resbaladizas por el vapor de la sauna se deslizaban la una sobre la otra, y eso hacía que me sintiera como si me estuviera disolviendo en ella, como si nuestros cuerpos entraran en una sintonía absoluta.
Entonces fue cuando se separó, me miró de una forma salvaje, y volvió a besarme en la boca. Mordisqueó mi barbilla. Me besó en el cuello. Lamió mi pecho. Serpenteó por mi vientre, y finalmente, su boca atrapó a mi pene, y comenzó a acariciarlo con verdadera devoción. Ella sabía como tratarlo, lo noté enseguida, y lo seguí notando. Su lengua era como una amazona guiando a un corcel brioso... ahora lo estimulaba y lo lanzaba al galope... ahora lo apaciguaba... sabiendo en cada momento qué ritmo darle a la bestia.
No sé cuanto tardé, pero a mi me pareció eternidad y media. Mis sentidos estaban anulados por la maestría con la que me había atrapado. Sentía su lengua por todo mi pene, y por mis testículos. Sentía su cabello bañando mis muslos, y sus manos acariciando mis caderas... y sentía que no podía respirar.
Finalmente llegué, cuando ella lo deseó, y sentí como vaciaba mi ser en su boca. Cómo la presión que atenazaba todo mi cuerpo se iba, y este se relajaba de forma absoluta en cuestión de segundos. Sentí como la vida me dejaba, y como la cabeza de mi cadáver impactaba contra la madera que revestía la sauna. El calor ya no importaba. Un gemido fue todo cuanto tuve que decir... todo cuanto pude decir.
Me levanté, y la vi a ella de pie. Me dio la espalda, y yo la así por los hombros. Le di un suave mordisquito en cada uno de ellos, y me concentré en su orejita, que me comí con paciencia y cariño, mientras una de mis manos acariciaba su vientre, y le decía lo bonita que era al oido; lo mucho que me gustaba su mirada, magnética, misteriosa, juguetona; lo mucho que me gustaba su cabello, suave y bien perfumado; lo mucho que me gustaba su piel, cálida y suave.
La puse de rodillas en el suelo, y comencé a besar su cuello, y mi lengua comenzó a bajar, trazando un eslálom entre sus vértebras, y mis manos disfrutaban de su espléndida figura.
Cuando llegué a la base de su espalda, comencé a mordisquear su costado, y levanté uno de sus brazos, el cual fui besando cuidadosamente, hasta ponerme en pie, y llegar a su muñeca. Le di un mordisquito ahí, y me senté, trayendo conmigo su mano.
Me llevé el dorso a la boca, y mirándola muy fijamente comencé a besarlo, y dejando que su mano se fuera lentamente de la mía, acerqué mi lengua a sus dedos, momento en el cual la retuve, y comencé a lamer todos sus dedos uno por uno.
Ella pareció muy complacida, y llevó su mano al canalillo, lugar donde me olvidé por completo de la mano, y que comencé a explorar con prontitud con mi boca. Así, rodeé sus preciosas montañitas, y luego inicié una lenta ascensión por todas sus vertientes, mordisqueando, lamiendo, besando, mientras mi otra mano acariciaba su espalda y su costado.
Por fin llegué a la cumbre y me di un festín comiendo hasta empacharme de su fabuloso pezón, juguetón, sensible... podía sentir los espasmos que recorrían su cuerpo cada vez que mi lengua o mi piel la tocaban. Comencé a saltar de un pecho a otro sin ninguna clase de aviso, y en un momento de inspiración, busqué su mirada, y pude verla, complacida y sonriente por mis atenciones.
Seguí bajando, y me acerqué a su precioso ombliguito, el cual rodeé varias veces, deslizándome por aquella pendiente húmeda hacia humedades aún más placenteras.
Humedades que alcancé y en las cuales me detuve durante varios minutos. Sorbí, soplé, comí, besé. Escribí su nombre sobre su coñito, y con cada letra el flujo de humedad aumentaba más y más, hasta inundar mi rostro. Me sentía completamente empapado de ella, y cuando creí que aquello no podía ir a más, llegó al orgasmo... y llegó a lo grande. Fue un éxtasis glorioso que me sepultó bajo toneladas de sus fluidos. Me levanté, y ella me miró a los ojos.
- Gracias,- me dijo. Se dio la vuelta, y se tumbó, invitándome a entrar en ella.
Y la tomé. Abracé la causa y me lancé al asalto. Me introduje en ella con fuerza, y tras un rato de embestir, me detuve, y me dediqué a excitar el exterior con leves toques, apenas de la puntita de mi miembro.
Ella, enloquecida por el inesperado giro de los acontecimientos comenzó a suplicarme que volviera a introducirme en su cuerpo, y yo fui paciente, y empecé a entrar en ella poco a poco... casi milímetro a milímetro.
Cuando fue consciente de que estaba lo suficientemente dentro de ella, de un brinco me tumbó a mi de espaldas y comenzó a cabalgarme con verdadero furor. Nuestros gritos inundaron la estancia, y nuestros sudores de la sauna se mezclaron con nuevos sudores provocados por la intensidad del momento. Me cabalgó como ninguna mujer había hecho antes. Con fuerza. Con precisión. Con audacia. Con pasión.
Una pasión salvaje, arrebatadora. Mis manos se clavaron en sus nalgas. Una pasión que hacía que tu sangre pareciera lava, que el simple hecho de respirar te provocara quemaduras. Sus manos se aferraron a mis hombros. Una pasión ciega, brutal, animal, irracional. Mi cabeza se echó hacia atrás. Una de esas pasiones que hacen que vivir sea algo más, que sea algo único, vibrante. Su cabeza s echó hacia adelante.
Gritamos.
Jadeamos.
Me sabía dentro de ella. Se sabía dueña de la situación.
No sabíamos nada más.
Cabalgamos.
Cabalgamos.
Dejamos de sentir. Llegamos a ese punto de no retorno. Ese breve lapso de semiinconsciencia. De paz absoluta. De felicidad sin límites. Cuando tus ojos se quedan en blanco y tu mente se borra. Cuando notas que el calor es tan intenso que dejas de sentirlo.
Mi espalda se arqueó. Su espalda se arqueó. Y gritamos como animales salvajes. Ella sintió como mi lava se derramaba por su interior. Yo sentí que todo mi ser dejaba mi cuerpo.
Nos dejamos caer, abrazados, felices.
- ¿Qué te parece esta tabla de ejercicios para mañana?- me dijo.
- Creo que es mejor que la de nuestro amigo.- respondí. Nos reimos.
Etiquetas: cibersexo, cuentos, gimnasio, relato, sauna, sexo